¡Campaña sobre campaña y mira como tragan los percebes mientras me río...!
Tras haber sobrevivido un año más a las luces cegadoras, muchedumbres descontroladas y frases absurdas del tipo "¡Felices Fiestas!"..., me dispongo a relataros mis desventuras navideñas. Para que quede claro de entrada no han sido unas felices navidades, tampoco creo que tenga un prospero año nuevo y los reyes no me "han traído" nada.
Las navidades y el desempleo no casan bien. Si ya sé que el espíritu de la Navidad es gratuito y que el calor de la familia es lo más importante..., pero poder comprar regalos a tus seres queridos, comer como Dios manda el día de Navidad y brindar con un cava que no sea de garrafón en Noche Vieja, ayuda a que los villancicos no te den una resaca ¡de puta madre!
Este año me apetecía que Papa Noel dejara algún regalo para mi hijo junto a nuestro bonito árbol de Navidad (véase ficus con dos guirnaldas y unas luces de discoteca). La vieja nota en la que Papa Noel se excusaba desde hacía tres inviernos por no traer regalos "este año ya que hay niños que los necesitan más", comenzaba a ser dolorosamente cutre. El espíritu navideño invadio mi corazón (bueno más bien empapo mis entrañas) y decidí que este año mi hijo tendría las mejores navidades de su vida.
Mi primer objetivo era conseguir recursos monetarios, liquidez, "cash"..., que traducido al lenguaje coloquial es lo que vulgarmente se conoce como dinero, pasta, "guita"... Pero como dice el viejo chiste si no hay trabajo no hay euros, por lo que me lancé a por el padre de todos los trabajos navideños. ¡Esta año yo sería Santa Claus! Como un Jack Skellington cualquiera estaba dispuesto a presentarme al casting y ganarlo. Claro que yo no contaba con que el otro millón de parados de la ciudad habían tenido la misma brillante idea.
Tras varias pruebas de selección que incluían un test psicotécnico, una prueba grupal y una entrevista personal me hice con el puesto. ¿Qué como lo conseguí? Sencillo, mentí en todas las preguntas del test, me convertí en el líder de la manada, perdón del grupo (tengo que dejar de ver el Encantador de perros), e interpreté mi mejor papel durante la entrevista. Reconozco que para un tipo pesimista, anti-navideño y tirillas como yo, no resulto nada fácil convencer al jurado de que yo era el gordo canoso y barbudo más bonachón y navideño de la ciudad. De hecho, tras haber movido mi barriga falsa como una gelatina varias veces al son de "Jou, Jou, Jou", disimuladamente vomité dentro del saco de los regalos.
[Un paréntesis: Este es un mensaje para todas aquellas personas que trabajan en el Departamento de Recursos Humanos. Entiendo que ante la avalancha de candidatos para un sólo puesto de trabajo, sea necesario realizar ciertas pruebas de selección que permitan valorar objetivamente cual es el candidato, que reúne las mejores características profesionales para desempeñar las tares correspondientes... Pero, ¿no creen que una prueba grupal que consiste en idear un plan con el objetivo de saltar en paracaídas en medio del desierto armados hasta los dientes para volar un puente enemigo, no es un tanto "agresivo" para un puesto de Papa Noel? Dicho de otra manera, ¿se imaginan que para entrar en un grupo de élite militar de boinas verdes paracaidistas, les hicieran una prueba grupal en la que tuviesen que diseñar una misión para secuestrar la Nancy Comunión para la hija de su General en plena Noche Buena?!]
Con la pasta que me iban a pagar por suplantar a Papa Noel podría hacer que el "verdadero" Santa Claus, cambiara su habitual nota de disculpa por un regalo para mi hijo. En un momento de flaqueza pensé que las Navidades no estaban tan mal después de todo... Minutos más tarde hacía mi debut en un conocido centro comercial ante centenares de niños con las pupilas dilatadas que me recibieron con una gran ovación. Un pensamiento recorrió mi cabeza mientras saludaba a la multitud enfervorecida: "Y si por mi culpa todos estos niños tienen la peores Navidades de su vida...". Una gota de sudor frío recorrió mi frente. No sentía nada igual desde que tras comer una fabada de lata caducada me quedé atrapado en medio de un atasco.
Salir corriendo no me pareció excesivamente ético por lo que temblando como un flan me senté en mi trono y empecé a despachar feligreses. Mi primer "cliente" fue una niña pelirroja de ojos enormes que me pidió un caballo. Ante la mirada aterrada de su padre le pregunté si tenía establo y la niña sin abrir la boca me dijo que no con la cabeza. Le expliqué que un caballo sin establo era como una persona sin cama. La niña me sonrió y me pidió un juego de magia. El padre aliviado me dio las gracias tácitamente. No me lo podía creer, ¿y si el disfraz de Santa Claus inmunizaba mis anti-poderes? Esta mal que yo lo diga pero durante una hora estuve sembrado. Ni De Niro en el "Talking to me?"...
Como suele ocurrirme siempre que olvido mi condición infrahumana, mi suerte se volvió a torcer. Mi hijo estaba en la cola con su madre, acompañada de un señor que no tenía el (mal) gusto de conocer. Mientras escuchaba las peticiones de varios niños con un hemisferio de mi cabeza, el otro hizo un resumen de daños y riesgos: 1 Mi hijo podría reconocerme y averiguar antes de tiempo ciertas verdades monárquicas. 2 En un entorno tan mágico podría arruinarle las Navidades a mi hijo traspasándole algunas de mis taras genéticas. 3 La madre de mi hijo es funcionaria del Inem donde estoy inscrito: Funcionaria estricta + Parado trabajando en negro = Problemas económicos. 4 ¿Quién cojones es el baboso que los acompaña?
Cuando le tocó el turno a mi hijo le ordené a mi paje, bueno a mi elfo, duende o le que cojones sea que lleve leotardos verdes y babuchas con cascabeles, que sólo podían subir de dos en dos. El duende con las pupilas como platos y con aliento a chocolate a la taza comunicó mis melindrosas ordenes. ¡Mola que te obedezcan de vez en cuando! El "baboso" tuvo que esperar abajo mientras mi hijo se sentaba en mi pierna adormecida tras horas de servir de silla para niños (por cierto, doy fe de que tenemos un problema de obesidad infantil en nuestra sociedad).
Mi hijo se acercó de la mano de su guapísima madre y lo primero que me dijo a bocajarro fue que olía a Floyd como su padre. La madre río y yo engolando la voz y atusándome mi espesa barba falsa, le contesté que los que no nos afeitamos no usamos "aftershave". Mi hijo me miró fijamente a los ojos y por miedo a que viera a través de ellos utilicé el tan socorrido "Jou, Jou, Jou" y le pregunté que quería para Navidad. Se acercó a mi oído derecho para que nadie le oyera y susurró: "Que mi padre encuentre trabajo y tenga buena suerte". Antes de que mis vidriosos ojos me delataran le dije con voz quebrada que su deseo estaba concedido y que ahora debía pedirme algo para él. Esta vez me susurró en el oído izquierdo: "Que mis padres vuelva a estar juntos". Mis ojos ya estaban Candy, Candy por lo que fui incapaz de mirarlo. Asentí con la cabeza y le comuniqué a mi paje, Peter Pan freaky o lo que fuera, que parábamos 5 minutos para descansar.
No estoy seguro de si mi hijo me descubrió o si tan sólo vio a un Papa Noel dispuesto a concederle lo que le pidiera. Lo que si sé es el resultado final de mi participación navideña: Durante la Noche Buena cayó la mayor nevada de la historia de la ciudad. Ningún hombre del tiempo acertó a predecirla por lo que la gente permaneció en sus casas junto a sus seres queridos toda la noche. Los juguetes que contenían un dispositivo electrónico, por pequeño que este fuese, salieron defectuosos: Videoconsolas, gameboys, mp3, mp4, móviles, etc, todo ¡a tomar por culo!. El día de Navidad paró de nevar y las calles y los parques de la ciudad se llenaron de niños jugando con la nieve.
Evidentemente, me gasté mi paga de Santa Claus en juguetes electrónicos que nunca funcionaron y la ola de frío polar inesperada me causó una pulmonía, pero el día de Navidad mi hijo y su madre se hincharon a tirarme bolas de nieve. No hay nada como que la mujer que amas te haga sangrar la nariz de un bolazo de nieve y luego se preocupe por ti, mientras tu hijo mira la escena con una sonrisa de esperanza. Si lo sé, lo sé "me ha quedado cursi que te cagas..." ¡Ya podéis vomitar!
Yo soy Murfi y todo me sale mal.